¡Herencias á mí!
Leonor.
¿Sabes que se me ha ocurrido un gran negocio que podríamos emprender los dos? ¿No aciertas lo que es? Pues te lo diré: consiste en poner tres ó cuatro casas de citas de muchísimo lujo, pero de un lujo... asiático, todas ellas combinadas con una timba tremenda, y de muchísimo lujo también, como esas que hay en Baden y en Montecarlo... Te explicaré la combinación... Es cosa de ganar millones.
Federico, displicente.
No, no me expliques nada. No sé cómo se te ocurren tales disparates.
Leonor.
Pues, hijo, yo tengo que inventar algún negocio. Debo más que el Gobierno, y ese condenado pollo va á dar con mis pobrecitos huesos en un hospicio. Cuentas de sastre, cuentas de café, cuentas de la Taurina, y cuentas de la santísima carandona de su madre. Todo lo tengo que pagar yo, y ya me voy cansando, como hay Dios.
Federico, tirándole suavemente de una oreja.
Eso le pasa á esta pájara por no hacer caso de mí. Bien te dije que ese pollo era una calamidad. ¿Por qué no te fiaste de mí en eso como en todo?
Leonor.