Chico, porque cuando tocan á enamorarse pierde una el sentido. Eso del amor es capítulo aparte, y los consejos y la amistad son para otras cosas. Ya sabes que me dió muy fuerte, que me cegué por él y me puse como los mismos hornos. Pero ya me voy enfriando, y conozco que es un grandísimo lipendi... Otro más carantoñero y de más figuras no lo hay. Ahora está conmigo hecho un merengue. Como que necesita cuartos. Pues dice que soy yo otra como la Traviatta, y que él me va á redimir y á volverme honrada...; ¡qué risa! Parece que ahora va á venir su padre para quitarle de mí y llevársele, y él pretende que, cuando su papá venga á verme, haga yo el papel de tísica arrepentida, tosiendo con sentimiento y pintándome ojeras..., vamos, como la Traviatta, para que el buen señor se ablande y nos eche su santa bendición...; ¡qué risa! Con estas farsas, ello es que me está dejando por puertas. (Federico vuelve á mostrarse triste y caviloso, sin prestar atención á su amiga.) ¿Pero qué ocurre hoy? ¿Qué te pasa?

Federico.

Ya debes figurarte que no estaré para ponerme á tocar las castañuelas. Tú sabes bien lo que me sucede. Tengo una hermana que es mi desesperación, mi vergüenza; tengo un padre que me abochorna siempre que viene á Madrid.

Leonor.

Anoche contaron aquí que vino á cobrarle á Orozco unas cuentas que debía. ¿Sabes?, cosas allá muy gordas, de ingleses..., pero de Inglaterra; y que el otro fué más listo que él y le engañó, recogiéndole el papel por un pedazo de pan. Ese Orozco se pierde de vista, y gasta unas como caretas de hombría de bien con las cuales emboba á la gente.

Federico, caviloso.

No creas nada de eso. Es un desatino.

Leonor.

¿Pero á ti qué te importa que sea Orozco el engañado ó que lo sea tu padre? Allá ellos. Y en cuanto á lo de tu hermanita, yo la dejaría casarse con el nuncio si le gustaba, digo, con el monago de la Nunciatura... (Tirándole suavemente de la oreja.) También tú, con tanto pesquis como tienes, necesitas que te enseñe á vivir una tonta como yo. ¡Haces y piensas cada simpleza...! El casarse, hijo mío, debe ser una cosa muy liberal; quiero decir, que la mujer debe escoger á quien le entre por el ojo derecho, y nada más. Ya no estamos en los días de la Inquisición...; no sé si me explico. Anoche dijeron aquí que tú eres un hombre del tiempo en que había Inquisición, y cadenas, y despotismo, y otras cosas muy malas...

Federico, sonriendo con tristeza.