Tiene gracia.
Leonor.
Pero á mí no me la pegas tú. La causa de que estés ahora tan cabistivo y pensibajo, no es ni lo de tu padre ni lo de tu hermana. Es otra cosa. Si yo te calo muy bien, si yo te entiendo. Tú guardas un secreto, que no quieres confiarme, y haces mal; porque yo, que soy una pública, tengo corazón, y no me faltan entendederas para decirte esto y lo otro que te pudiera consolar. Sé lo que son penas, y en lo tocante á penas de amor, no hay quien me baraje á mí. Podía poner cátedra de esto en la Universidad, y saldría yo, con mi birrete color de rosa y mi toga de batista, á explicar á los chicos el tratado de las fatigas de amor con todos sus pelos y señales.
Federico.
¡Qué mona! Figúrate si eres salada, que me haces reir hoy á mí.
Leonor, poniéndose en la cabeza, ladeado, el hongo de Federico.
Conque, ó hay confianza ó no hay confianza entre este par de peines. ¿No te cuento yo á ti hasta mis pensamientos más íntimos? ¿Por qué no has de hacer tú lo mismo con esta pájara? A ver, desembucha. Tú tienes amores, y amores muy por lo alto. Mira que si no te explicas, saco las cartas y te descubro todo el enredo.
Federico.
Cierto que entre nosotros debiera existir una confianza sin límites. Mi decoro no padece nada en mis tratos contigo, que no son nada buenos. ¡Excepción inexplicable! Yo tan meticuloso fuera de aquí en cuestiones de dignidad, en tu casa soy tu propia imagen. No lo entiendo, pero es así. Sin embargo, te soy franco: hay cosas mías, secretos si quieres, que dejo siempre de la puerta afuera cuando entro á visitarte.
Leonor, impaciente.