¿Cantas ó no cantas? Un hombre como tú no pone esos morros sino por una pasión fuerte. Yo sé lo que es apasionarse, irse del seguro. Lo pruebo todos los semestres.

Federico.

Seguramente, si yo fuera contigo menos reservado en eso que deseas saber, no me comprenderías. Es difícil que esto lo entienda nadie, Leonorilla. Las cosas que me andan á mí por dentro, en mi conciencia y en todo mi espíritu, son de tal calidad que sólo Dios y yo las entendemos.

Leonor.

Y yo también, porque soy diosa. ¡Vaya!, así me lo llamó bien clarito ese poeta, ese Bardal, en los versos que me hizo la otra noche. Conque, claréate.

Federico.

Bueno; pues concediéndote yo que hay algo de lo que sospechas, á ver si entiendes la explicación que voy á darte, sin nombrar personas. Esos amores no me satisfacen, y más bien son para mí un motivo de pena. ¿Por qué?, dirás tú. Porque se relacionan con ciertos estados de mi espíritu, y de tal relación viene á resultar que son amores incompletos y superficiales. ¿Me explico bien? La facultad imaginativa lleva la mejor parte, y el corazón se queda vacío, porque no hay confianza, ni la puede haber entre esa mujer y yo. La confianza consiste en entregar toda nuestra existencia al conocimiento de la persona querida, y á esa persona no puedo yo revelarle ciertas fealdades y humillaciones de mi vida angustiosa. Me quiere con locura, para mayor desgracia mía, y yo no puedo corresponderle. Hay momentos en que hasta se me figura que la aborrezco, porque nuestra alma tiende á odiar á las personas ante quienes no podemos descubrirnos sin que el amor propio se lastime. Ya ves que te confío mis secretos más delicados; te lo confío todo menos el nombre.

Leonor, para sí, con malicia.

¡Como si yo no lo supiera, mico! (Alto, amenazándole con la mano.) Te voy á matar.

Federico.