Ese amor no me satisface, porque mi corazón no se ha entregado á él, porque para completarlo me sería preciso añadirle la confianza, este compañerismo que contigo tengo, tan dulce, tan práctico. No, no te envanezcas: el sentimiento inexplicable que nos une á ti y á mí tampoco es completo. Le falta algo: la imaginación, que está allá.
Leonor, satisfecha.
El corazón por mi cuenta, ¿verdad?
Federico.
Gran parte de él, créelo. No puedo completarme aquí ni completarme allá. La mitad de mi ser en cada lado. ¿Lo entiendes? (Leonor, meditabunda, hace signos afirmativos con la cabeza.) Si estas dos mitades se pudieran juntar y fundir, ¡qué bueno sería! ¡Si yo pudiera llevarme allá la confianza con sus envilecimientos y todo...! ¡Si yo pudiera traerme aquí el recreo de la imaginación y de los sentidos...!
Leonor, reflexionando.
De todo esto, lo que saco en consecuencia es que somos los nacidos una cosa muy rara. Hombres y mujeres somos guitarras, que no sabemos cómo se templan ni cómo no... De lo que resulta que esto de las pasiones es un fandango pastelero. (Coge las cartas y empieza á barajarlas.) Ahora voy á adivinarte los pensamientos. (Sonriendo.) Estoy inspirada. Ojo á la diosa. Se me ha puesto entre ceja y ceja que el santísimo naipe me va á decir el nombre de tu adorado tormento.
Federico.
¿A que no?
Leonor.