Tú eres la única persona que veo con gusto á mi lado en esta ruina de mi espíritu. Cuantas personas trato más ó menos íntimamente se me revisten de antipatía en esta desgana que me aniquila; todas, incluso ella, y lo digo porque es verdad, sintiéndolo mucho, pues no se lo merece la infeliz. Entre tantas caras que me ponen mal ceño, sólo la tuya resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo que no se entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más consuela. Las cosas muy resabidas y muy estudiadas hastían el alma. Las que se nos presentan en términos vagos, confundiendo nuestra razón, son las que nos confortan y nos alientan.
Leonor, fingiendo comprender.
Es verdad, verdad. Yo me intereso por ti, y por ayudarte y sacarte de un apuro soy capaz de comprometerme. Pídeme lo que quieras. Mándame que haga trampas en el juego, y las haré.
Federico.
No, eso no. ¡Quita allá!
Leonor.
Pues las he hecho, para que lo sepas. Tu tranquilidad vale más que un poco de moral de timba, tratándose de estos bobalicones que vienen aquí á divertirse conmigo. En un día de gran ahogo, y antes que verte padecer por cochinos mil reales, le doy yo el pego al lucero del alba.
Federico, enojado.
Cállate. Me lastimas profundamente.
Leonor.