Federico.

No dudo de que posea usted el don de la profecía, señora. Lo que ha dicho podrá suceder... (Para sí.) Parece propiamente una bruja esta buena señora.

Viuda de Calvo.

Vamos, no se enfade porque le diga la buena ventura. Sr. de Viera, leo en su pensamiento. En este instante está usted diciendo para sí: «Parece una bruja esta buena señora.»

Federico.

¡Oh!, no; no he pensado tal cosa. Usted habla como la experiencia; yo contesto como la terquedad y las preocupaciones. ¿Qué culpa tengo de no convencerme? Están mis ideas muy remachadas, y no hay quien me las arranque. No nos traslademos al siglo que viene; estamos donde estamos, y en este momento yo no quiero ni oir hablar de la persona que me ha quitado el cariño de mi hermana, tomándose una mujer que no merece ni se merecerá nunca, aunque llegue á reunir los millones de Rothschild.

Clotilde, enojada.

Pues sí que me merece. Vale más que yo, mucho más.

Federico.

No disputemos sobre eso. Se puede discutir todo menos sobre las simpatías y antipatías personales. Lo que pertenece al orden de los sentimientos, sea cariño, sea rencor, es sagrado. Dejémoslo como está.