Clotilde, aparte á Federico.

Da la mano á mi Luis. Mira, el pobrecillo está asustado y no se atreve á dirigirte la palabra. Háblale tú.

Federico.

¿Que le hable yo?... ¡Tonta!

Orozco, observando á Federico y á Santanita.

¿Qué pasa? ¡Ah!, que no se doblan esos rígidos caracteres. Uno y otro se encariñan con su agravio y no quieren echarlo de sí. ¡Bonita cosa guardáis! Sois un par de majaderos. Sí, defended vuestros rencores como si fueran un hallazgo precioso que alguien os disputa.

Viuda de Calvo.

Señor de Orozco, usted que es tan cristiano y posee como nadie el arte de mover los corazones, ponga en paz á estos desdichados, pues de fijo á usted le harán más caso que á nosotras. Yo por vieja, con un pie en la sepultura, y ésta por niña, acabada de nacer, carecemos de autoridad.

Orozco, con fingido egoísmo.

Señora mía, nunca me ha gustado ser redentor de nadie, ni quiero meterme en libros de caballería. Además, conviene respetar las disensiones de familia, que en algo se fundan, cuando existen. Cada uno tiene bastante con sus propios afanes. ¿A qué afanarse por el mal ajeno?