Federico, para sí.

¡Hipócrita! Ya te cayó que hacer. ¿No querías ingratitud? Pues éstos, con su gratitud impertinente, te dan taza y media.

Orozco, muy contrariado.

No, no cantéis victoria, ni me atribuyáis vuestra felicidad. La plaza en casa de Trujillo, al mismo Trujillo la debéis..., casi casi á disgusto mío, que la había pedido para otro.

Viuda de Calvo.

No le creáis, no le creáis. Su modestia es tal que no parece de este mundo.

Orozco, ligeramente incómodo.

Repito que no he sido yo..., vamos. ¿Cómo lo diré? (A Santanita.) Lo que hemos hablado hace un momento, no lo considere usted como efectivo. Vaya, que el niño se entusiasma por adelantado. No es más que un proyecto, una hipótesis, que tampoco me pertenece. Sólo soy intermediario, y lo que vaya á poder de los hijos de Viera no saldrá seguramente de mi bolsillo.

Viuda de Calvo.

No le creáis... que éste las gasta así. (Con efusión.) Si os ha prometido algo que aumente vuestro bienestar, creed que os lo dará, y no le hagáis maldito caso si os dice que no es él quien da. ¡Otro más marrullero no existe bajo el sol, que alumbra tantas maravillas de Dios! Le conozco y á mí no me trastea. Os pondrá mala cara siempre que os encaje algún beneficio, y procurará haceros creer que lo debéis á otro.