La Sombra, festivamente.

Eso no lo entiende nadie.

Federico.

¡Nadie! ¿Y si yo te dijera que, existiendo entre los dos esa leal confianza, no tengo amores con ella? Los amores van por otro lado, ¡ay!, amores sin raíces, como los que contraemos con las mujeres de vida ligera para distraernos y engañar las penas, amores de imaginación, que producen ratos deliciosos, pero que dejan el corazón vacío y el alma sedienta. Tampoco entiendes esto, ¿verdad?

La Sombra.

Eso sí.

Federico.

Te estoy contando lo que no debes saber; pero la culpa es tuya. ¿Para qué excitas mi sinceridad? Queda siempre en pie el misterio inexplicable para ti: ¿por qué no acepto tu donativo? Pues sencillamente porque no me da la gana. ¿Lo quieres más claro? (Acalorado y descompuesto.) Y si te empeñas en que riñamos, reñiremos. Por mí no ha de quedar. Prepárate, y elije la forma de reñir que más te agrade y en que veas más probabilidad de vencerme. Porque tú debes triunfar y yo debo sucumbir.

La Sombra, flemáticamente.

No veo por qué razón ha de haber en esto vencedores ni vencidos. Tú eres dueño de tu voluntad y de tu porvenir. No me siento ofendido por tu afición á la pobreza ni por tus simpatías hacia La Peri. Buen provecho te hagan.