Federico.
Lo que yo sé es que así no puedo vivir.
La Sombra, con afecto.
Explícate mejor; no tengas para mí secretos.
Federico, doloridamente.
No te canses, Tomás. Yo no puedo declararme á ti. Pero lo que mi lengua no acierta á decirte, cien lenguas del mundo te lo dirán. Francamente, no me importa nada que me mates.
La Sombra.
¿Matarte? Si tu vida es un suplicio, quitártela es hacerte un bien; y como tú no quieres aceptar de mí favor alguno, te dejaré vivo y pobre. (Riendo.) ¿No es ese tu gusto?
Federico, aturdido.
Sí, sí. Y ahora... te hablaré con franqueza. ¡Cuánto te agradecería que te marchases! Tu presencia me mortifica horriblemente, y si no he huído de ti, es porque no puedo moverme. Yo no sé lo que tengo.