Te diré lo que se dice siempre en tales casos: eso es nervioso. Poco mal y bien quejado. Quizás falta de sueño, quizás un poco de dispepsia. Sanarás cuando tu ánimo se tranquilice. Federico, haz caso de mí, regulariza tu vida, para lo cual te basta dejarte querer, y verás cómo desaparece esa molestia, que no es más que una acción refleja, partiendo del cerebro. Corta de raíz tus malos hábitos, y verás qué bien te va.

Federico, con tristeza.

¡Qué pronto se dice eso, Tomás!

Orozco.

Tonto, tú no has pensado en ello; no te has hecho cargo todavía del bien que te espera... A nuestra edad, pasados los treinta y cinco, un vivir metódico y sin sobresaltos es el único vivir posible... Y no me vengas con que la ociosidad te aburrirá, y que necesitas un poco de movimiento. Yo te daré ocupación, yo me encargo de que no te aburras; y con algo que ganes, y algo que recibirás de Joaquín (porque hemos convenido en que esto es de tu padre), vivirás como un príncipe. Tú créeme y déjate llevar. Confíate á mí, verás cómo te arreglo tu aurea mediocritas. Luego la tranquilidad de la conciencia... ¿Sabes tú lo que eso vale?

Federico, para sí, turbadísimo.

Insisto en que este que me habla no es el Orozco de carne y hueso. Hállome en el vórtice de una gran alucinación, y lo que veo y oigo es hechura de mi propia idea.

Orozco.

Entrégate á mí sin temor; á mí, que te quiero de veras y miro por tu bien...

Federico, para sí, trastornado.