Por Dios que te explicas bien, y me consuelas con tus explicaciones. Pero oye: ese disparate también se me había ocurrido á mí.
La Sombra.
Has dicho que me habías ofendido quitándome mi mujer. ¿Qué quiere decir eso? Augusta no es mía. Considera que en esta esfera de las ideas puras adonde nos hemos subido, los seres todos gozan de omnímoda libertad. Nadie es de nadie. La propiedad es un concepto que se refiere á las cosas, pero á nada más... Los términos mío y tuyo no rezan con las personas. Nadie pertenece á nadie, y Augusta, como todo ser, dueña es de sí misma. (Con ligera inflexión humorística en su acento.) Hemos convenido tú y yo en que se quedaron allá abajo, en las capas donde el vulgo rastrea, todos esos convencionalismos pueriles, y los aparatos legales que arma la sociedad por el gusto ridículo de dificultarse su propia vida.
Federico.
¡Ah, Tomás, toda esa argumentación ya ha pasado por mi cerebro, que hierve! Tú me estás engañando; tú me estás echando cloroformo en la conciencia, para luego arrancármela sin que yo lo note y envilecerme. No, no me dejo adormecer por ti. Estoy bien despabilado.
Bárbara, observándole desde la puerta.
Pobrecito. ¡Qué agitación la suya! Parece que delira y que sueña, pero con los ojos abiertos. Si se dejara arrullar por mí, yo le tranquilizaría.
La Sombra, inclinándose hacia él en ademán cariñoso.
No te engaño... Deseo tu bien, y que reformes tu vida. Te daré asimismo una ocupación para que no estés ocioso.
Federico, riendo desentonadamente.