¡Excelente idea! Porque aquí los dos vivimos deshonrados: yo por haber seducido á la que el mundo llama tu mujer, y tú por ser ley que se deshonre el que pierde á su compañera, aunque ella sola sea responsable de la falta. ¡Caramba! Se ven cosas en este mundo, que si uno las contara en el otro no las creerían.

La Sombra, con humorismo.

Es cierto; tú y yo hemos perdido lo que aquí se llama el honor, una especie de cédula ó cartilla, sin la cual no se puede vivir en estos barrios, que alumbran el sol y la luna. Tontería insigne es la tal cédula; pero como la piden á cada paso que das, ello es que, no teniéndola, no podemos vivir. Debemos, pues, largarnos pronto. (Se levanta.)

Federico.

Yo estoy listo. Ve tú por delante. (Oprimiéndose el costado izquierdo.) Tomás, Tomás, yo aprieto, yo oprimo el condenado botón, y no siento que me traslade á ninguna parte. Sigo aquí... Espera.

La Sombra, dando vueltas por la habitación.

No te apures. Lo mismo da hoy que mañana. Aprieta más fuerte; todo lo fuerte que puedas.

Federico.

¿Te has ido tú? No te veo.

La Sombra, desde lejos.