Estoy aún aquí.

Federico, removiéndose inquieto en el sofá.

Tomás, cualquiera diría que deliramos tú y yo... Sea lo que quiera, conste que yo no acepto ni puedo aceptar tu donativo. Mi dignidad lo rechaza.

La Sombra, volviendo hacia él rápidamente.

Imbécil, ya no evitas eso que los puritanos llamamos deshonra, pues todos nuestros amigos dicen que Augusta te paga las trampas y te da para tus gastos. Ya no te libras de esa opinión, ni adelantas nada con delicadezas de última hora. Tu ignominia no crece ni mengua porque aceptes ó dejes de aceptar.

Federico, llevándose las manos á la cabeza.

No me lo digas, que me vuelves loco de pena.

La Sombra, remedando su movimiento.

¡Pobre hombre! Vives de ideas circunstanciales y de artificios jurídicos.

Federico.