Con todo, conviene estar alerta. Mira: esta noche, luego que venga la señorita, sales, y con disimulo te fijas en toda persona que veas, sobre todo si esa persona se para en la esquina ó en el portal próximo. Procura observarle la cara, y me avisas. Verás qué pronto le despacho yo.
Felipa.
Saldré por precisión, pues faltan algunas cosas todavía. La señorita dispuso que cenaran ustedes aquí.
Federico.
¡Ah!, sí, no me acordaba.
Felipa.
He traído algo de casa de Lhardy, y lo demás lo hemos arreglado entre mi hermana y yo. La mesa está puesta en el gabinete. Allí tiene usted la chimenea encendida. (Vase.)
Federico, para sí, distraído.
Como yo descubra que nos vigilan, quienquiera que sea no quedará con ganas de vigilancia. (Pasa al gabinete. Saca del bolsillo del gabán un revólver, y lo oculta detrás del reloj de la chimenea. Se quita gabán y sombrero.) No tardará... Cogería yo á ese Malibrán y le ahogaría, así..., como á un pájaro... (Apretando los puños.) No nos hagamos ilusiones. Orozco no puede ignorar mucho tiempo su afrenta... Quizás la sepa ya..., ¡y ella impávida!... Me parece que ya está ahí. (Entra Augusta y se abrazan.)