... y estoy en la obligación de compartir tus penas? Sean comunes nuestros bienes y nuestros males, como es común la responsabilidad. Juntos vamos por el camino de la vida, y resulta monstruoso que mientras yo no carezco de nada, vivas tú como vives. No, no lo eches á broma: tú estás mal, muy mal, y sin duda has llegado á una situación insostenible, ahogadísima, de naufragio irremediable... (Federico deniega enérgicamente con la cabeza.) Por Dios, no me atormentes; no me prives del mayor placer de mi vida, goce del alma tan puro, que no cabe mayor pureza; no me quites esta ilusión, que me compensa de los malos ratos que paso por ti, la ilusión de favorecerte... Y no diré favorecerte, porque te molesta la palabra. Si la idea de protección te humilla, diré... lo que quieras. Yo pongo los hechos: pon tú las palabras. Considera que no te doy nada, sino que tomas lo tuyo, porque lo mío es tuyo... Di una cosa: si tú fueras rico y yo pobre, ¿no me darías todo lo que yo necesitase?
Federico.
Es diferente. Yo quisiera, vida mía, que no hablaras de estas cosas. No sé cómo responderte sin lastimarte. Tu bondad me confunde. Si te contesto que nada necesito, que mi situación es buena, creerás que miento y que sobrepongo mi orgullo á mi necesidad por no rebajarme... ¿Crees eso?
Augusta, impaciente.
Palabrería, chico, palabrería. Estamos haciendo frases estúpidamente, cuando lo que importa es hablar con claridad. Por mucho que disimules conmigo tu mala situación, no te vale. ¡Ni que fuéramos criaturas!... Ea, confianza, pues sin confianza no hay amor. Fuera caretas, perdis mío. Oye la palabra de Dios que sale de mis labios. (Con secreteo cariñoso.) ¡Tengo una hucha... más rica!... En previsión de tus ahogos, que también son míos, vengo llenándola tiempo ha... Si quieres que no riñamos, di á todo que sí, y déjate guiar, muñeco.
Federico, sonriendo con tristeza.
Cuando me ahogue, te avisaré. Sigue engordando la hucha. Por ahora floto perfectamente.
Augusta.
¡Qué has de flotar, mico, qué has de flotar, si llevas al pescuezo una piedra muy gorda!... (Echándole los brazos al cuello.) ¿Ves?, aquí tienes la piedra: ahógate, ahoguémonos juntos, y despertaremos, como dicen los amantes suicidas, en un mundo mejor... Eh, ¿qué suspiro tan grande es ese? ¿Qué tienes tú dentro de ese pecho que no quiere salir?
Federico, sin aliento, oprimiéndose el costado.