¡Vaya con tus enfermedades!... ¡Bobalicón, cuánto te quiero, qué loca estoy por ti! Ea, cenemos, y después se hablará otra vez de lo mismo. (Pasan al gabinete y se sientan á la mesa. Les sirve Felipa.)

Federico.

¿Sabes que me siento ahora muy bien? Se me despeja la cabeza. ¡Ay, hija mía, no te he contado...! ¡Terribles horas las de anoche! No puedes figurártelo. Tuve alucinaciones; vi á tu marido, como te estoy viendo ahora á ti... ¡Fenómeno extraño y por demás espantoso! Pues todavía tengo mis dudas de si fué realidad ó ficción de mi mente lo que vieron mis ojos y escucharon mis oídos...

Augusta.

Eso no es más que debilidad. ¡Pobrecito mío, si ni siquiera tienes quien te cuide! Paso muy malos ratos pensando en lo mal que te tratan esas criaduchas. ¿Por qué no fuiste á comer con nosotros anoche?...

Federico.

Porque... (Confuso.) Porque tuve compromiso de comer en otra parte.

Augusta.

¡Qué bien estamos aquí! ¡Qué soledad tan deliciosa, qué mundo éste, aparte y pequeñito, pero grande por el sentimiento!

Federico, distraído.