Quédese allá, y divirtámonos nosotros en éste mientras nos dure. Aceptemos el engaño, y alarguémoslo todo lo posible.
Augusta.
Perdis, loco, botarate, ¿me quieres mucho? Dime que no amas ni puedes amar á nadie más que á mí. Siéntome ahora penetrada de un egoísmo brutal, y quiero alimentarlo oyéndote repetir que me adoras á mí sola, á mí sola, sin desviación alguna chica ni grande en tus afectos.
Federico, maquinalmente.
A ti sola, á ti sola. (Beben champagne.)
Augusta, chocando las copas.
Pertenézcame todo lo que te constituye: la persona visible y el espíritu, que no se palpa y se siente; las miradas y el alma; el carácter y la figura; las cualidades y los defectos, que adoro por igual, y hasta la ropa, hasta la ropa, todo ha de ser para mí. Quisiera vivir contigo en un rincón del mundo, y cuidarte, y coserte un botón si se te caía, y arreglarte la ropita..., y aunque fuéramos pobres no me importaría nada. Esto de ser rica y hacer un día y otro las mismas cosas, aburre... Pero no; vale más que tengamos dinero tú y yo y que nos demos la gran vida. (Con exaltación.) ¿De veras que me quieres á mí sola y que no tienes mirada ni pensamiento para ninguna otra mujer? ¿Verdad que esa Peri no es querida tuya, ni le haces maldito caso?... Tu amiga, tu Peri soy yo y nadie más que yo.
Federico, delirante.
Eres mi Peri, y mi no sé qué, y yo soy tu perdis y tu chulo, y tu qué sé yo qué... Cuando me prendan por estafador, ¿irás tú á llevarme la comida á la cárcel, chavala mía?
Augusta.