Augusta, con gravedad.

Oye tú: voy á revelarte un secreto. Me determino á ello... por ser cosa importante, que tal vez modifique tus ideas y te quite ese sobresalto.

Federico.

¿Qué es?

Augusta.

Algo que te indiqué otras veces como sospecha, pero que ya es evidencia.

Federico.

¿Referente á mí?

Augusta.

Referente á Tomás. La observación atenta de estos últimos días me lo ha comprobado. Ese afán de prodigar y repartir beneficios, ocultándolos como si fueran faltas; ese horror al agradecimiento; ese anhelo de una falsa reputación de egoísmo, vienen á ser... ¡Ay!, no te lo quería decir, porque me causa inmensa pena, y... Pues bien, eso que parece una exaltación de bondad, no es sino locura, hijo mío, locura que no se manifiesta aún ante el mundo, pero que en la intimidad de la vida doméstica resulta bastante clara para que yo la comprenda y la deplore. No lo dudes, Tomás tiene un principio de parálisis general. Con sana razón, no puede existir virtud semejante... ¿Y qué más? (Bajando la voz.) El mismo caso sobre que estamos disputando, la sutil combinación para darte á ti lo que, según él, corresponde legalmente á tu padre, ¿no es obra de un cerebro enfermo? ¿Qué persona medianamente sensata ha podido discurrir cosa semejante? Dar por válida, en conciencia, una deuda que los tribunales no acertarían á poner en claro; reconocer como acreedor á tu padre, que adquirió el crédito por una bicoca; darle á él parte mínima, y lo demás á ti y á tu hermana...; eso que presentado así, en pocas palabras, resulta hermoso y hasta sublime, es, no lo dudes, ebullición de la mente atacada del delirio humanitario.