La Sombra.
Aceptas, sí, porque ya no puedes evitarlo. Lo hecho, hecho está, y que patalee tu ridículo orgullo. (Con atroz firmeza.) Tu papel en la sociedad te hace sucumbir á mi deseo. Y tu aceptación realiza un ideal de justicia suprema, pues con ella te pones al nivel de tu bajeza. Estás en carácter. Tu deslealtad necesitaba un estigma, algo exterior que la patentizase, y mi dádiva te lo graba en la frente. Si tuvieras conciencia, diría que es un castigo; pero no hay castigo en quien carece de sensibilidad.
Federico, arrebatado y fuera de sí.
¡Maldita sea tu alma! (Coge una copa y se la tira, apuntando á la cabeza. La copa se hace mil pedazos en el respaldo de la silla frontera, y el champagne salpica al rostro de Augusta.)
Augusta, limpiándose la cara.
Eso es, las pobres copas lo pagan. ¡Qué culpa tendrán ellas de tu tontería!... No creas: tus violencias no me inquietan nada.
La Sombra.
La pobre Peri se escandaliza de tus arrebatos. Mira cómo se limpia la carita. Quiere quitarse hasta el último átomo de vergüenza. No frotes más, hija, que ya no queda nada.
Augusta.
... pero nada.