Federico.

Déjame, ó te mato.

Augusta, que ha caído al suelo, se pone de rodillas, y le interpela llorando.

¿Qué haces? ¿Estás loco? Amor mío, cálmate... Te has herido...; pero sanarás: es cosa ligera...; sé razonable, no escandalices...; vendrá gente. ¡Qué deshonra!... Oye..., te quiero mucho: haré todo lo que tú mandes... Tu voluntad es mi voluntad. ¡Pero no te mates; por Cristo crucificado, no te mates!... Me moriré de pena.

Federico, con entereza, dominándose.

Sé lo que debo hacer. Voy á lo que voy, y pido á Dios que me perdone.

Felipa.

Llamaré á los vecinos.

Augusta.

No, aguarda..., calla. Federico, por Dios, apiádate de mí... Oye, sosiégate, hijo de mi alma; traeremos un médico, un médico discreto..., te curará, y luego nos vamos... tranquilamente...