Felipa.
Por aquí..., vamos... pronto... (Quitándose una toquilla que lleva sobre los hombros.) Póngase esto por la cabeza. Así... (se la pone), para no llamar la atención. Ahora..., serenidad. Cogeremos un coche, y á mi casa.
Augusta.
Lo que quieras. Me dejo llevar. No tengo voluntad..., no tengo alma. (Huyen por la izquierda.)
ESCENA VIII
Salones en casa de Orozco. La misma decoración de la primera jornada. Es de noche.
Malibrán, Villalonga, en la sala de la derecha.
Villalonga.
Da gracias á Dios, amigo Cornelio, por haberte librado de la desagradabilísima operación de batir las cataratas á nuestro buen Orozco. Ni comprendo yo cómo se puede acometer á sangre fría tal empresa quirúrgica. Llegarse á un hombre, á un amigo, y decirle á boca de jarro: «mira, Fulano, yo sé que tu mujer, etc..., y te ofrezco medios de comprobación material cuando gustes», es cosa fuerte, pero tan fuerte, que si yo me hallara en el triste caso de ser operado así, cree que mi primer impulso habría de ser romperle los ojos al... oculista.
Malibrán.