La verdad es que se me hacía dificilísimo el primer pinchazo. En la mañana del domingo, hallándonos los dos en el solitario monte, vi la ocasión propicia y quise lanzarme, pero no hallé manera de abordar el peligroso tema. Toca por aquí, escarba por allá, y nada. Mi conocimiento de las mil emboscadas de la conversación resultaba inútil. Luchaban en mí el deber de conciencia mandándome hablar, y la gravedad del asunto poniéndome cien mordazas.

Villalonga.

No veo tan claro, francamente, lo del deber de conciencia. La mía no me ha inducido nunca á ilustrar á mis amigos sobre puntos tan delicados.

Malibrán.

Cada cual ve las cosas á su manera. No soy gazmoño en asuntos de moral conyugal. Tengo acá mis ideas..., quizás un poco extravagantes; y para metértelas en la cabeza, necesitaría explanar con alguna extensión mi teoría de que el grado de culpabilidad adulterina depende de la elección de cómplice, resultando una escala que va desde lo disculpable, por no decir plausible, hasta lo que merece la mayor execración. Pero no me parece oportuno ahora...

Villalonga.

No; déjalo para otra vez.

Malibrán.

Sea lo que quiera, me alegro mucho de que el Acaso, el socorrido Fatum me librara del compromiso fastidioso de tener que cantar. Y se me quitó un peso de encima cuando llegó el telegrama de Calderón anunciando á Tomás la inesperada tragedia. Los dos nos quedamos, al leer el parte, como quien ve visiones, y celebré para mi sayo que la divina Providencia se encargase de la misión difícil que yo me había impuesto. (Bajando la voz.) Porque tengo para mí que, en presencia de este hecho elocuentísimo, Orozco no puede permitirse seguir ignorando... ¿Qué te parece? Desde que se conoció la catástrofe en Madrid, el nombre de Augusta figura en todas las versiones que corren de boca en boca.

Villalonga.