Augusta.
Muy bien dicho.
Infante.
No es eso. Pero me parece ridículo mezclar en asuntos tan bajos á personas respetables. Hasta han dicho que el criaducho, ese Segundo, es hijo natural de...
Federico.
¿Quién podrá afirmarlo ni negarlo? Si los misterios de la conciencia individual rara vez se descubren á la mirada humana, también la sociedad tiene escondrijos y profundidades que nunca se ven, así como en el interior de las masas rocosas hay cavernas donde jamás ha entrado un rayo de luz. Pero de repente ocurre un cataclismo, una convulsión del terreno, un derrumbamiento, y la roca se parte, descubriendo el hueco que nadie hasta entonces había visto... En cuestión de enigmas sociales, yo no afirmo nada de lo que la malicia supone; pero tampoco lo niego sistemáticamente.
Augusta.
Yo no soy sistemática; pero me inclino comúnmente á admitir lo extraordinario, porque de este modo me parece que interpreto mejor la realidad, que es la gran inventora, la artista siempre fecunda y original siempre. Suelo rechazar todo lo que me presentan ajustado á patrón, todo lo que solemos llamar razonable para ocultar la simpleza que encierra. ¡Ay!, los que se empeñan en amanerar la vida no lo pueden conseguir. Ella no se deja, ¿qué se ha de dejar? Este Manolo, empapado en esa tontería del ministerialismo, no quiere ver más que la corteza oficial ó pública de las cosas. Es la mejor manera de acertar una vez y engañarse noventa y nueve. Nadie me quita de la cabeza que en ese crimen hay algo extraordinario y anormal. Sería ridículo y hasta deshonroso para la humanidad que los delitos fuesen siempre á gusto de los jueces. Admito lo del personaje influyente que protege al asesino; me inclino á creer que el móvil fué amor y no robo, y en cuanto á la madrastra, esa doña...
Villalonga.
Cuidado con defender á la madrastra, que aquí está Teresa Trujillo, y según parece, va á negar el saludo á los que no opinen como ella.