Se me figura que he calado el objeto de sus visitas á La Peri.

Villalonga.

Y yo también. (Pasan al salón, formando grupos que entablan animados coloquios.)

Orozco, á Calderón.

Nada más divertido esta noche que el examen de caras, Pepe. La de Teresa Trujillo, deliciosa, incomparable. Expresa curiosidad febril y el arrobamiento artístico del que asiste á una función dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha leído en la frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera yo un folletín espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un puro resplandor de júbilo, como faz vergonzosa que se consuela con la vergüenza ajena. El rostro abesugado del buen Pez, radiante de cordura y ministerialismo. Parece descargar todo el peso de su severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus historias son ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes? La imposibilidad de soltar ahora el todo va bien le da una contracción violenta, que le desfigura y le hace parecer otro hombre. La cara del Exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de protección, como si dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas cosas». Te aseguro que me he divertido delante de este museo de la opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si hablaran...! ¡Cuánto daría yo por oírles!

Calderón.

Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se habrán divertido fotografiándote la tuya.

Orozco.

No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan todos los días. La cara mía que expresa y siente, ¡ay!, es la que mira para adentro. (Llegan más personas.) Parece que esta noche carga el gentío que es un primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso interés: el público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas, ó de criminales, ó de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver los sitios por donde vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre, tocar los objetos que llevan impresa la huella del delito... (Con amargura.) En suma, el drama está en mi casa y tengo esta noche un lleno completo. (Dirígese á saludar á los que llegan.)

Calderón, para sí.