Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en un sistema de vida que empieza siendo espiritual y difícil y acaba por ser fácil y práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad á fuerza de meditaciones y de magnas luchas.

Augusta, para sí.

¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el pensamiento de este hombre! Si me hablase en lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia, me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se han hecho para mí, amasada en barro pecador. (Alto.) Ya sé que eres un hombre sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, á la calladita y sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido lo que parece imposible en la flaqueza humana, á saber: no tener pasiones, subirte á las alturas de tu conciencia eminente y mirar desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las hormigas; aislarte y no permitir que te afecte ninguna maldad, por muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido bien? (Orozco hace signos afirmativos con la cabeza.) ¿Y quieres que yo te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme, caigo y me estrello.

Orozco.

La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos deseos y el pensamiento de toda inclinación mala.

Augusta.

¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven á ensuciar cuando menos lo pienso.

Orozco.

Yo te enseñaré la manera de triunfar si te confías á mí; pero por entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y después que yo lo sepa... hablaremos.

Augusta, para sí.