Estoy enferma.
Orozco.
Enferma de susto. Tranquilízate: tómate el tiempo que quieras para pensarlo; es temprano. Estamos solos y nadie nos molesta. Mira, yo me siento en esta butaca á leer un poco, y en tanto tú recoges tu conciencia, y decides delante de ella lo que debes responderme. (Se sienta junto á la mesa en que está la luz, toma un libro y lee.)
Augusta, para sí, la cabeza inclinada sobre el pecho y arrebujada en su abrigo.
Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica. ¡Qué actitud tan extraña la suya! Por grande que sea la serenidad de espíritu de un hombre, no la comprendo en grado tal. Imposible que su cerebro no sufra alguna alteración honda. La humanidad, ni aun en los ejemplares más perfectos, puede ser así... Y no obstante, ¿qué hay en esa actitud que me causa una especie de alivio y me inspira confianza? Todo esto, ¿será para oirme y perdonarme? Y pregunto yo: «¿Ese perdón vale? El perdón de quien no siente, ¿es tal perdón? ¿Puede un alma consolarse con semejante indulgencia, venida de quien no participa de nuestras debilidades?» ¡Oh, no!; su santidad me hiela. Yo no confieso, no confesaré... ¡Y si tras esa mansedumbre rebulle el propósito de imponerme un castigo severo!... ¡Si en su sistema, para mí no bien comprensible, entra también el trámite de matarme!... ¡Ay, siento escalofrío mortal!... ¡No, no confieso!
Orozco, apartando la vista del libro.
¿Piensas, Augusta, ó es que te has quedado dormida?
Augusta.
No duermo, no. Pensaba en esa tontería que me has dicho, en tu sospecha. ¿Quién te la sugirió? ¿Te habló alguien?
Orozco.