¿Alguien me acusó?

Orozco.

Quizás.

Augusta, para sí.

¡Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y separa en mi espíritu las acciones reales de las fingidas por el cerebro enfermo! (Rehaciéndose.) ¡Oh, no es posible que yo hablara; no puede ser! Me estoy atormentando con un recelo pueril, hijo del miedo. Ánimo... y no confesar.

Orozco, para sí, fingiendo leer.

Esto sí que es difícil de extirpar. El desgarrón de este sentimiento, que me arranco para echarlo en el pozo de las miserias humanas, ¡cómo me duele! Al tirar me llevo la mitad del alma, y temo que mi serenidad claudique. Si salgo triunfante de esta prueba, ya no temeré nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará. ¡Pero cómo me duele esta amputación! (Mirando furtivamente á su mujer.) Era el encanto de mi vida. Inferior á mí por su inconsistencia moral, su amor me daba horas felices, su compañía me era grata, y la idea de igualarla á mí, purificándola, me enorgullecía. La pierdo. Quizás será un bien esta viudez que me espera; quizás este lazo me ataba demasiado á las bajezas carnales... Me convendrá seguramente perder el único afecto que me ligaba al mundo. ¿Y si no lo perdiera?... Si con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí... (Volviendo á fijar los ojos en el libro.) ¡Ah!, no tiene alma para nada grande. Si me confiesa la verdad, toda la verdad, la perdono y procuraré regenerarla.

Augusta, para sí, sofocada y limpiándose el sudor de la frente.

No sé qué siento en mí... Un prurito irresistible de referir cuanto me ha pasado, mi falta, mi pena inconsolable... ¡Pero si ya se lo revelé!... Sí; no tengo duda. Paréceme que viéndome estoy en el acto inconsciente de anoche; oigo mis propias palabras; me retumban aquí como si ahora mismo las pronunciara. Todo lo canté bien claro... Y si lo sabe, ¿á qué me lo pregunta? ¿A qué humillarme con una segunda confesión?

Orozco.