¿Has pensado, Augusta?
Augusta.
No, no pienso. Todo está pensado ya. (Para sí, con tenacidad.) No confieso, no puedo, no quiero. Me falta valor. Siento en mi alma la expansión religiosa; pero el dogma frío y teórico de este hombre no me entra. Prefiero arrodillarme en el confesonario de cualquier iglesia... Y si despierta niego, después de haberme acusado delirando, ¿qué pensará de mí? Nadie es responsable de lo que dice en sueños... Pero los delirios suelen ser el espejo turbio y movible de la vida real... ¡Qué combate dentro de mí! No sé qué hacer ni por dónde escurrirme.
Orozco.
¿Has examinado tu conciencia, Augusta?
Augusta, sacando fuerzas de flaqueza.
Déjame en paz. Mi conciencia no tiene nada que examinar.
Orozco.
¿Está tranquila? ¿No te acusa de ninguna acción contraria al honor, á las leyes divinas y humanas?
Augusta, para sí.