Una nueva pena, una nueva inquietud. Será preciso consultar con los mejores especialistas en perturbaciones cerebrales. (La criada aparece en la puerta. Augusta se retira con ella.)
ESCENA ÚLTIMA
Orozco, solo.
¡Dominada la pavorosa crisis!... Pero andan por dentro de mí los jirones de la tempestad, y necesito dispersarlos, no sea que se junten y condensen de nuevo y me pongan otra vez al borde del abismo de la tontería... Fuera locurillas impropias de mí. Los celos, ¡qué estupidez! Las veleidades, antojos ó pasiones de una mujer, ¡qué necedad raquítica! ¿Es decoroso para el espíritu de un hombre afanarse por esto? No; elevar tales menudencias al foro de la conciencia universal es lo mismo que si, al ver una hormiga, dos hormigas ó cuatro ó cien, llevando á rastras un grano de cebada, fuéramos á dar parte á la Guardia civil y al juez de primera instancia. No; conservemos nuestra calma frente á estas agitaciones microscópicas, para despreciarlas más hondamente. Figúrate que no existen para ti; muéstrate indiferente, y no hagas á la sociedad y á la opinión el inmerecido honor de darles á entender que te inquietas por ellas. Que nadie advierta en ti el menor cuidado, la menor pena por lo que ha ocurrido en tu casa. Para tus amigos serás el mismo de siempre. Que te juzgue cada cual como quiera, y tú sé para ti mismo lo que debes ser en ti, compenetrándote con el bien absoluto. (Asómase á una ventana que da al patio de la casa.) ¡Hermosa noche, tibia y serena, de las que ponen á Villalonga fuera de sí! ¡Cómo lucen las estrellas! ¡Qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen á contarle que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante llamado mujer quiso á un hombre en vez de querer á otro! ¡Si el espacio infinito se pudiera reir, cómo se reiría de las bobadas que aquí nos revuelven y trastornan!... Pero para reirse de ellas era menester que las supiera, y el saberlas sólo le deshonraría. (Abre los cristales y apoya los codos en el antepecho. En la pared opuesta del patio rectangular se ven las ventanas de la escalera de la casa.) Da gusto respirar el aire libre: su frescura despeja la cabeza y sutiliza la imaginación. (Pausa.) Siéntome otra vez asaltado de la idea que ha sido mi suplicio ayer y hoy, la maldita representación del trágico suceso, y la manía de reconstruirlo con elementos lógicos. ¿Qué pasó, cómo fué, qué móviles lo determinaron? Me había propuesto expeler y dispersar estos pensamientos; pero no es fácil. Se apoderan de mi mente con despótico empuje, y tal es su fuerza plasmadora, que no dudo puedan convertirse en imágenes perceptibles á poco que yo lo estimulara. (Agitado.) Debo recogerme y procurar el reposo. (Cierra la ventana y se retira. Discurre por varias habitaciones de la casa, las unas obscuras, alumbradas las otras. Largo intermedio, al fin del cual vuelve á encontrarse Orozco, por efecto de una traslación inconsciente, en la ventana que da al patio.) ¿Cómo es esto? ¿Todavía luz en la escalera? Y parece que entra alguien y sube. (Fijándose en las ventanas de enfrente.) Sí; una persona sube con paso lento, como fatigada. ¡Ya! Será Juan, que se retira después de haber cerrado el portal y apagado las luces. ¡Pero si el gas está encendido aún!... El tal sigue subiendo..., y es persona á quien creo conocer..., aunque no puedo asegurar quién sea. Juan se ha dormido, ¡qué posma!, y deja entrar á todo el que llega. (Llamando.) ¡Juan!... No me oye... Iré á ver qué intruso es este. (Se aparta de la ventana, atraviesa el despacho, luego el billar, y sale á la sala de tresillo.) ¿Pero qué es esto? ¿El salón también encendido? (Sorprendido de ver luces en todas las estancias.) Vamos que... Saldremos por aquí á la antesala y á la escalera, á ver quien... á estas horas... (Asómase á la puerta de la antesala, y retrocede después de una breve inspección.) Nadie, nadie. Era mi idea, queriendo convertirse en imagen. (Atraviesa el salón y la sala japonesa; pasa al gabinete próximo, que comunica con el tocador y la alcoba conyugal, y al entrar en ésta siente pasos detrás de sí; vuélvese y ve una imagen subjetiva, representación fidelísima de persona viviente. La imagen viste de frac. Semblante triste y afectuoso.)
Orozco, levantando el cortinón de la puerta que da á la alcoba.
¡Ah! ¿Eres tú? Acabáramos... Yo decía: «¿Pero quién sube á estas horas?» ¿Estaba Juan dormido cuando entraste?
La Imagen.
Sí; todos duermen á estas horas; tú también.
Orozco.
Yo no. ¿No me ves en pie?