La Imagen.

¡Qué has de estar en pie, hombre! Por cierto que tienes una postura molestísima. ¿Negarás que te duelen el brazo derecho y el cuello?

Orozco.

Sí que me duelen.

La Imagen.

Ponte de otra manera y respirarás más fácilmente. ¿Por qué no duermes tranquilo? ¡Pobre cerebro, atormentado noche y día por las fórmulas algebraicas de la conciencia universal! Si no te calentaras los cascos dormido y despierto, no vendría yo á molestarte.

Orozco.

No me molestas. Pasa aquí. (Entran en la alcoba.)

La Imagen.

Se me ocurrió venir porque pensabas en mí más de lo que yo merezco, reproduciendo en tu mente mi persona y mis actos con una fuerza tal que hacías vibrar mis inertes huesos. En medio de tus extraordinarias perfecciones, tuviste flaquezas impropias de un hombre de tu altura moral; reconstruiste, al par de la terrible escena de mi muerte, las escenas amorosas que la precedieron.