Orozco, con tristeza.
Es verdad: ayer y hoy, á pesar de mis esfuerzos por encastillarme en un vivir superior, no he podido menos de ser á ratos tan hombre como cualquiera. Pensé mucho en ti y en ella. Y tú me dirás: «¿cómo has llegado á conocer la verdad de mi desastrosa muerte?» Te contestaré que he pasado rápidamente de la presunción á la certidumbre.
La Imagen.
¿Te lo ha dicho esa?
Orozco.
Anoche, calenturienta y trastornada, articuló delante de mí palabras ininteligibles. Pero no vendió su secreto. Esta noche, despierta y en posesión de su juicio, no ha tenido grandeza de alma para confesarme la verdad. La muy tonta se ha perdido mi perdón, que es bastante perder, y la probabilidad de regenerarse.
La Imagen, acercándose al lecho de Augusta y contemplándola dormida.
Duerme, como tú, intranquila, y también me trae á su lado.
Orozco.
¿Pero la ves á ella? Yo creí que me veías á mí solo, como hechura mía que eres. Y te equivocas al pensar que duermo. Ni siquiera estoy en el lecho: me veo en pie, como tú, vestido; aún no me he quitado el frac. Acércate acá. ¿Qué haces ahí mirando á mi mujer? ¿No la has visto bastante? Es una falta de atención que me dejes con la palabra en la boca habiendo venido á visitarme... Pero qué, ¿te vas? (Se pasa la mano por los ojos.)