Orozco, risueño y calmoso.

Pues estaría yo lucido. No, esas generosidades caen ya dentro del fuero de la tontería, y francamente, yo aspiro á que se tenga mejor idea de mí. El atribuirle á uno méritos que no posee, y que, por lo disparatados, no deben lisonjear á nadie, constituye una especie de calumnia, sí, señor, una calumnia de benevolencia, que si no se cuenta entre los pecados, no debe contarse tampoco entre las virtudes.

Aguado.

¿De modo que, según ese criterio, yo soy un calumniador... al revés? Pues me corregiré, pierda usted cuidado; diré que es usted un pillo, un hombre sin conciencia; diré más: diré que el tesorerito este se da sus mañas para distraer cantidades del fondo del Correccional y aplicarlas á sus vicios.

Orozco.

Basta; no tanto. (Con jovialidad.) Pues mire usted: si se dijera eso, alguien lo creería más fácilmente que lo otro, siendo ambas cosas falsas.

Aguado.

No crea usted que la opinión pública se deja extraviar tan fácilmente por los difamadores. Ya ve usted las atrocidades que han dicho de mí. Que si me traje media isla de Cuba en los bolsillos; que si vendía los blancos como antes se vendían los morenos; mil tonterías. Pues si al principio se formó contra mí una atmósfera tan densa que se podía mascar, no tardé en disiparla con mi desprecio, y al fin la opinión me hizo justicia.

Calderón.

¿Qué duda tiene? (Con ironía.) La reputación de usted es como el sol, que disipa las nieblas, y resplandeciendo en el cénit de la fama...