Malibrán, á Orozco.
¡Ah, qué cabeza...! ¿Pues no me iba sin decirle á usted lo que más presente tenía?... Aquel muchacho que usted me recomendó... ¿No se acuerda? Ya le hemos metido en un viceconsulado de Asia.
Orozco.
Bien... Pues francamente, yo tampoco me acordaba. Ha hecho usted una buena obra: Ese joven es hijo de una pobre viuda...
Malibrán.
No tiene que agradecerme su colocación... Yo lo he hecho por usted.
Orozco.
¡Por mí!... Si apenas le conozco. Me lo recomendó... (Haciendo memoria.) Pues no me acuerdo, ni hace al caso. Ello es que hay tanta miseria en este mundo, que se llega á perder la cuenta de los desfavorecidos de la suerte que pordiosean en una ú otra forma.
Aguado.
Es verdad; el desequilibrio entre las necesidades y las posiciones es tal, que el sablazo ha venido á ser continuo y denso, como una granizada; y no cae sólo sobre la cabeza del rico, sino también sobre los que vivimos con modesto pasar. Sablazos en la calle y en la casa, por la mañana y por la tarde, en pleno día y á la melancólica hora del crepúsculo; sablazos de dinero, de recomendaciones, de influencias. Aseguro á usted que comemos de milagro.