Infante.
Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo por preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento es lo que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, á la abnegación, á posponerlo todo al objeto amado?» ¡Ay!, me temo que si tocaran á sacrificarse mucho, yo, francamente..., vamos, que no. De lo cual deduzco que lo que siento es una pasión de amor propio, la pasión de las sociedades refinadas, como dice Malibrán. Lo que tomamos por amor no es más que el afán de vencer y de halagar nuestro orgullo. Te confieso que quiero á esa mujer como se quiere lo que llega á constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa un triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el vocablo: no debo decir que amo á mi prima, sino que la ambiciono.
Federico.
Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace bastante tiempo toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz ó de una cartera.
Infante.
No es enteramente lo mismo; pero en fin, hay alguna semejanza.
Federico.
Pasión de vanidad, ó si quieres, pasión de gloria. Vencer, ganar una batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.
Infante.
Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae á mal traer es la rivalidad, sentimiento profundamente humano, la envidia (demos á las cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la tenga ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo inventar quise. Y persigo á mi rival con ensañamiento. Si eres tú el que busco, dímelo por Dios; si sabes algo de otro, dímelo también.