Federico, fríamente.

Pues sí sé... Vaya si lo sé..., y contando con tu discreción, voy á decírtelo.

Infante.

Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna extravagancia.

Federico.

Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.

Infante.

¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta sandunga concilian ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman á sus maridos, les respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.

Federico.

Eso no reza con nuestra amiga, que tiene á su marido un cariño firme y leal.