Fidela se sonreía picarescamente.
—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y á todo el globo terráqueo.
—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde decírtelo. Ella te lo dirá.
—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay para mí momento histórico que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?
—Hombre, no tanto.
—¿Se trata de gravamen, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio, así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos, ¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi cuñadita barre para afuera.
—No exageres, Tor...
—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?
—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la sorpresa que quiere darte.
—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.