—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la sella obstetricalis?

—Cállese usted, hombre... ¿Á qué obedecen esos aparatos? Dios quiera que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se despachan sin ayuda de facultativos.

—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se llamaban omfalotomis, fíjese usted, y en Roma obstetrices.

No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»

XIV

—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada escupiendo las palabras.

—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus alegres semblantes divulgaban la buena noticia.»

Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, encontróse D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran los de Cruz, que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, diciendo:

—Varón, varón.

—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por las tres eminencias.