—Yo esta.

—¿Quién ha ganado?

—¡Tengo la pajita chica!—exclamó Fidela, gozosa.

—Yo la grande.

—Cruz se lo come, Cruz—gritó el ciego con seriedad y decisión impropias de cosa tan baladí.—Y no admito evasivas. Yo mando... Á callar... y á comer.

III

Aquella fué la noche en que D. Francisco dejó de asistir á la tertulia, lo que no causó poca extrañeza, pues era de una puntualidad que él mismo solía llamar matemática, empleando con deleite un término que le parecía de los más felices. ¿Qué tendría, qué no tendría?... Todo era conjeturas, temores de enfermedad. Al retirarse, Donoso prometió mandar un recado lo más temprano posible del día próximo, para saber á qué atenerse.

Cuando Fidela, como de costumbre, ayudaba á Rafael á quitarse la ropa para meterse en el lecho, el ciego, en voz tan apagada que pudiera dudarse si hablaba con su hermana ó consigo mismo, decía: «No cabe duda, no. Algo ocurre.»

—¿Qué estás ahí rezongando?

—Lo que te dije... Veo un suceso, un suceso extraordinario, aquí, sobre la casa, dándole sombra como una nube que casi se toca con la mano, ó como un gran pájaro con las alas abiertas...