—¿Pero en qué te fundas tú para pensar tal cosa? Caviloso eres...

—Me fundo..., no sé en qué me fundo. Cuando uno no ve, se le desarrolla un sentido nuevo, el sexto sentido, el poder de adivinación, cierta seguridad del presentimiento que... No sé, no sé lo que es. Me mareo pensándolo... Pero jamás me equivoco.

Cualquier suceso insignificante que alterara en mínima parte la monótona regularidad de la triste existencia de aquella familia era para Rafael motivo de cavilaciones, poniendo en febril ejercicio su facultad de husmear los sucesos en misteriosos efluvios de la atmósfera. El no haber venido aquella noche Torquemada, motivo fué para pensar en un desequilibrio de los hechos que componían el inalterable cuadro vital de la tertulia; y aunque Rafael no echaba de menos á D. Francisco, vió en aquel vacío creado por su ausencia algo anormal, que le confirmaba en sus sospechas ó barruntos. Y enlazando aquella ausencia con fenómenos acústicos del género más sutil, como el timbre de voz de su hermana mayor, se metía en un laberinto de hipótesis, capaz de volver loco á quien no tuviera por cabeza una perfecta máquina de probabilidades.

—Vaya, niño—indicó su hermana arropándole,—no pienses tonterías, y á dormir.

Entró Cruz á ver si estaba bien acostado, ó si algo le faltaba.

—¿Sabes?—le dijo Fidela, que á broma tomaba siempre aquellas cosas.—Dice que algo va á suceder, rarísimo y nunca visto.

—Niño, duérmete—respondió la hermana mayor acariciándole la barba.—Nunca sabemos lo que sucederá mañana. Lo que Dios quiera será.

—Luego... algo hay—afirmó el ciego con rápida percepción.

—No, hijo, nada.

—Con tal que sea bueno, venga lo que quiera—apuntó Fidela graciosamente.