—Bueno, sí; pensad cosas buenas. Ya es tiempo..., me parece...

—¿Luego... es bueno?—dijo vivamente Rafael, sacando la boca del embozo.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué, hijo?

—Eso que va á pasar.

—Vaya, no caviles, y duérmete tranquilo... ¿Quién duda que Dios, al fin y al cabo, ha de apiadarse de nosotros? ¡Oh, pensar en que aún pueden venir más desgracias...! Nunca; no cabe en lo humano. Hemos llegado al límite. ¿Hay ó no hay límite en las cosas humanas? Pues si hay límite, en él estamos... Ea, á dormir todo el mundo.

¡El límite! No necesitaba Rafael oir más para pasarse parte de la noche hilando y deshilando una palabra. Límite era lo mismo que frontera, el punto ó línea en que acaba un territorio y empieza otro. Si ellos tocaban ya el límite, era que su vida cambiaría por completo. ¿Cómo, por qué?... También Fidela, creyendo notar algo de excitación nerviosa en su hermana, ordinariamente tan impenetrable y reposada, creyó que aquello del límite no era un dicho insignificante, y empezó á divagar, abriendo su espíritu á las ilusiones risueñas que constantemente le rondaban para colarse dentro. La pobrecilla necesitaba poco para ponerse alegre, ávida de respirar fuera de aquella cárcel tenebrosa de la miseria. Una idea suelta, media palabra le bastaban para entregarse al juego inocente de creer en el bien posible, de mirarlo venir y de llamarlo con la fuerza misma del deseo.

—Acuéstate—le dijo su hermana con la dulce autoridad que gastar solía. Y cogiendo una luz se fué á registrar la casa, costumbre que había prevalecido en ella desde un fuerte susto que pasaron á poco de habitar allí. Examinaba todos los rincones, poníase á gatas para mirar debajo del sofá y de las camas, y concluía por asegurarse de que estaba bien echado el cerrojo y bien trancadas las ventanas que caían al patinillo medianero. Cuando volvió al lado de su hermana, ésta se desnudaba para acostarse, doblando cuidadosamente su ropa. «¿Se lo diré ahora?—pensó Cruz, después de aplicar el oído á la vidriera del gabinete para cerciorarse de que Rafael no rebullía.—No, no; se desvelará la pobrecilla. Mañana lo sabrá. Además, temo al oído sutil de mi hermano, que oye lo que se piensa, cuanto más lo que se dice.»

Viendo á Fidela rezar entre dientes, ya en el lecho, se acostó en la cama próxima, operación sencillísima, pues la señora no se desnudaba. Dormía con enaguas, medias y una chambra, liado en la cabeza un pañuelo al modo de venda. Una manta de algodón la reservaba del frío en los meses crudos; en verano le bastaba un abrigo viejo, de rodillas abajo. Seis meses hacía que la mayor de las Águilas no sabía lo que eran sábanas.