Apagada la luz y masculladas dos ó tres oraciones, la dama dió un chapuzón en aquella estancada laguna de su mísera vida, sintiéndose con agilidad para nadar un poco. Además, la laguna se agitaba; en su seno levantábanse olas, que columpiaban y sumergían á la nadadora con gallardo movimiento.
«No, Virgen y Padre Eterno y Potencias celestiales, yo no...; no es á mí á quien toca este sacrificio para salvarnos de la muerte. Á mi hermana le corresponde, á ella, más joven, á ella, que apenas ha luchado. Yo estoy rendida de esta horrible batalla con el destino. Ya no puedo más; me caigo, me muero. ¡Diez años de espantosa guerra, siempre en guardia, siempre en primera línea, parando golpes, atendiendo á todo, inventando triquiñuelas para ganar una semana, un día, horas; disimulando la tribulación para que los demás no perdieran el ánimo; comiendo abrojos y bebiendo hiel para que los demás pudieran vivir!... No, yo ya he cumplido, Señor; estoy relevada de esta obligación; me ha pasado el turno. Ahora me toca descansar, gobernar tranquilamente á los demás. Y ella, mi hermanita, que entre ahora en fuego, en este desconocido combate que se prepara; ella, tropa de refresco; ella, joven y briosa, y con ilusiones todavía. Yo no las tengo; yo no sirvo ya para nada, menos para el matrimonio..., ¡y con ese pobre adefesio!...»
Media vuelta, y rápida emergencia desde lo profundo de las aguas á la superficie.
«En resumidas cuentas, no es mal hombre... Ya me encargaré yo de pulirle, raspándole bien las escamas. Debe de ser docilote y manso como un pececillo. ¡Ah, si mi hermana tiene un poquito de habilidad, haremos de él lo que nos convenga!... La solución será todo lo estrafalaria que se quiera; pero es una solución. Ó aceptarla, ó dejarnos morir. Cierto que resulta un poquito y un muchito ridícula...; pero no estamos en el caso de mirar mucho al qué dirán. ¿Qué debemos á la sociedad? Desaires y humillaciones, cuando no dentelladas horribles. Pues no miremos á la sociedad; figurémonos que no existe. Los mismos que nos critiquen le besarán la mano á él, sí..., porque con esa mano firma el talonario...; la besarán, por si algo se les pega... ¡Qué risa!»
Media vuelta, y rápida inmersión á los profundos abismos: «Pues si esta pobrecita Fidela, que siempre fué mimosilla y voluntariosa, se niega al sacrificio, si no logro convencerla, si prefiere la muerte á la redención de la familia por tal procedimiento, no tendré más remedio que apechugar yo... No, no; yo la convenceré: es razonable, y comprenderá que á ella le toca apurar este cáliz, como á mí me han tocado otros... Lo que es yo no me lo bebo... Además, ya estoy vieja. De seguro que él preferirá á la otra... Pero ¿y si por artes del enemigo se vuelve á mí, ó me saca como en el juego de las pajitas?... ¡No, no; qué disparate! He cumplido cuarenta años, y me siento como si hubiera vivido sesenta. ¡Yo ahora en esos trotes, teniendo que acostarme con ese gaznápiro, y soportarle, y...! ¡Ni cómo he de servir yo para eso!... Fidela, Fidela, que apenas tiene veintinueve... Porque..., ¡cielos divinos!, para que el sacrificio sea provechoso, es preciso que nazca algo... Yo criaré á mis sobrinitos y gobernaré á todos, chicos y grandes, porque eso sí..., mi autoridad no la pierdo. Estableceré una dictadura; nadie respirará en la casa sin mi permiso, y...»
Breve sueño y despertar repentino, con excitación y hormiguilla en todo el cuerpo.
«En cuanto á ese pobre hombre, respondo de que le afinaré. Yo le alecciono de una manera indirecta, y... la verdad, no hay queja del discípulo. En su afán de encasillarse en lugar más alto del que tiene, se asimila todas las ideas que le voy echando, como se echa pan á los pececillos de un estanque. El infeliz está ávido de ideas nuevas, de modales finos y de términos elegantes. No tiene nada de tonto, y se espanta de ser ridículo. Ponte en mis manos, asnito de la casa, y yo te volveré tan galán que causes envidia... Cuando tenga más confianza, le cogeré por mi cuenta, y veremos si me luzco. Por de pronto, me valgo del amigo Donoso para advertirle ciertas conveniencias, leccioncillas que no puede una espetar sin tocarle al amor propio. D. José me servirá de intermediario para hacerle entender que las personas finas no comen cebolla cruda. Hay noches, ¡Dios mío!, en que es preciso ponerse á metro y medio del buen señor, porque...»
Balanceo en aguas medias..., desvanecimiento, letargo.
IV
Á la siguiente mañana, tempranito, cuando Rafael aún no rebullía, Cruz trincó á su hermana, y metiéndose con ella en la cocina, lugar retirado y silencioso, desde el cual, por mucho que se alzase la voz, no podía ésta llegar al sutil oído del ciego, sin preparativos ni atenuantes, que aquella mujer de acero no acostumbraba usar en las ocasiones de verdadera gravedad, se lo dijo. Y muy clarito, en breves y categóricas palabras.