—¡Yo..., pero yo...!—exclamó Fidela abriendo los ojos todo lo que abrirlos podía.

—Tú, sí... No hay más que hablar.

—¿Yo, dices?

—¡Tú, tú! No hay otra solución. Es preciso.

Cuando Cruz, con aquel solemne y autoritario acento, robustecido y virilizado en el continuo batallar con la suerte, decía es preciso, no había más remedio que bajar la cabeza. Allí se obedecía á estilo de disciplina militar, ó con la sumisión callada de la ordenanza jesuítica, perinde ac cadaver.

—¿Creías tú otra cosa?—dijo después de una pausa, en que observaba en el rostro de Fidela los efectos del testarazo.

—Anoche empecé á sospecharlo, y creí..., creí que serías tú...

—No, hija mía, tú. Conque, ya lo sabes.

Dijo esto con fría tranquilidad de ama de casa, como si le mandara mondar los guisantes ó poner los garbanzos de remojo. Alzó los hombros Fidela, y pestañeando á toda prisa, replicó: «Bueno...», y se fué hacia su cuarto, disparada, sin saber adonde iba.

La primera impresión de la graciosa joven, pasado el estupor del momento en que oyó la noticia, fué de alegría, de un respirar libre y de un desahogo del alma y de los pulmones, como si le quitaran de encima un formidable peñasco, con el cual venía cargada desde inmemorial fecha. El peñasco podía ser una pesadísima joroba que en aquel instante por sí sola se le extirpaba, permitiéndole erguirse con su natural gallardía. «Matrimonio—se dijo—significa límite. De aquí para allá, no más miseria, no más hambre, no más agonías, ni la tristeza infinita de esta cárcel... Podré vestirme con decencia, mudarme de ropa, arreglarme, salir á la calle sin morirme de vergüenza, ver gente, tener amigas..., y sobre todo, soltar este remo de galera, no tener que volverme loca pensando en cómo ha de durar un calabacín toda la semana..., no contar los garbanzos como si fueran perlas, no cortar y medir al quilate los pedacitos de pan, comerme un huevo entero..., rodear á mi pobre hermano de comodidades, llevarle á baños, ir yo también, viajar, salir, correr, ser lo que fuimos... ¡Ay, hemos sufrido tanto, que el dejar de sufrir parece un sueño! ¿Acaso estoy yo despierta?» Se pellizcaba y luego corría por toda la casa, emprendiendo maquinalmente las faenas habituales: coger un zorro y empezar á sacudir latigazos á las puertas, coger también la escoba, barrer... «No hagas mucho ruido—le dijo Cruz, que pasaba del comedor á la cocina llevando loza.—Todavía me parece que duerme. Mira..., yo barreré un poco; enciende tú la lumbre: toma la cerilla... Cuidadito al encenderla, que no tenemos más que tres por junto.» Daba estas órdenes con sencillez, como si momentos antes no hubiera ejercido su autoridad en la cosa más grave que ejercerse podría. Creyérase que no había pasado nada, que todo había sido broma. Pero Cruz era así, un carácter entero, que disponía lo que juzgaba conveniente, empleando la misma autoridad glacial en las cosas chicas que en las grandes. Cambió de mano la escoba. ¡Sabe Dios lo que Cruz pensaba mientras barría! Fidela, al encender la lumbre, siguió recreando su mente con la risueña perspectiva del cambio de vida. Hubo de pasar algún tiempo, en el cual prendió la astilla y se levantó la vagorosa llama, antes de que comenzara la natural reacción de aquel júbilo, ó el despertar de aquel ensueño, permitiendo ver la realidad del tremendo caso. La llama atacaba con brío el carbón, cuando á Fidela se le representó la imagen de Torquemada en toda su estrafalaria tosquedad. Bien observado le tenía, y jamás pudo encontrar en él ninguna gracia de las que adornan el sexo fuerte. ¿Pero qué remedio había más que resignarse para poder vivir? ¿Era ó no una salvación? Pues siendo salvación para los tres, ella por los tres se ofrecía en holocausto al monstruo, y se le entregaba por toda la vida. Menos mal si los demás vivían alegres, aunque ella pasase la pena negra con los amargores de aquel brebaje que se tenía que tomar.