Esta idea le quitó el apetito, y cuando su hermana preparó, con la rapidez de costumbre, el chocolate con agua que á las dos servía de desayuno, Fidela no quiso probarlo.

—¿Ya vienes con tus remilgos? ¡Si está muy bueno!—le dijo Cruz, poniendo sobre la mesa de la cocina los mendrugos de pan del día anterior que ayudaban á tragar la pócima.—¿Qué? ¿Estás preocupada con lo que te dije? ¡Ay, hija mía, en esta fiera lucha que venimos sosteniendo, cuando hay que hacer algo se hace! Á ti te ha tocado esta obligación, como á mí me han tocado otras, bien rudas por cierto, y no hay remedio. Si los tres hemos de vivir, de ti dependen nuestras vidas. Y no resulta el sacrificio tan duro como á primera vista parece. Cierto que no es muy galán que digamos. Cierto que se ha enriquecido prestando dinero con espantosa usura, y lleva sobre sí el menosprecio y el odio de tanta y tanta víctima. ¡Pero ay, Fidela, no puede una escoger el peñasco en que ha de tomar tierra! La tempestad nos arroja en ese. ¿Qué hemos de hacer más que agarrarnos? Figúrate que somos pobres náufragos flotando entre las olas sobre una tabla podrida. ¡Que nos ahogamos, que nos traga el abismo! Y así se pasan días, meses, años. Por fin alcanzamos á ver tierra. ¡Ay, una isla! ¿Qué hemos de hacer más que plantarnos en ella y dar gracias á Dios? ¿Es justo que, ahogándonos y viendo tierra cercana, nos pongamos á discutir si la isla es bonita ó fea, si hay en ella flores ó cardos borriqueros, si tiene pájaros lindos ó lagartijas y otras alimañas asquerosas? Es una isla, es suelo sólido, y en ella desembarcamos. Ya procuraremos pasarlo allí lo mejor posible. ¡Y quién sabe, quién sabe si metiéndonos tierra adentro encontraremos árboles y valles hermosos, aguas saludables, y todo el bien de que estamos privadas!... Conque... no hay que afligirse. Es hombre de clase inferior y de extracción villana. Pero su inferioridad y las ganas que tiene de aseñorarse le harán más dócil, más dúctil, y conseguiremos volverle del revés. Por más que tú digas, yo veo en él cualidades; no es tonto, no. Rascando en aquella corteza, se encuentra rectitud, sensibilidad, juicio claro... En fin, casados os vea yo, y déjale de mi cuenta... (Pausa.) ¿Y á qué viene ahora ese lloro? Guarda la lagrimita para cuando venga á pelo. Esto no es una desgracia; esto, después de diez años de horrible sufrimiento, es una salvación, un inmenso bien. Reflexiona y lo comprenderás.

—Sí, lo comprendo... No digo nada—murmuró Fidela, decidiéndose á tomar el chocolate, que más pudo al fin la necesidad que el asco.—¿Es preciso hacerlo? Pues no se hable más. Aunque el sacrificio fuera mucho mayor, yo lo haría. No están los tiempos para escrupulizar, ni para pedir que nos sirvan platos de gusto. Lo que dices..., ¡quién sabe si será la isla menos árida y menos fea de lo que parece mirada desde el mar!

—Justo... ¡Quién sabe...!

—Y si una vez salvados, nos alegraremos de estar en ella... Porque eso no se sabe. ¡Cuántas se han casado creyendo que iban á ser muy felices, y luego resultaba que él era un perdido y un sinvergüenza! ¡Y cuántas se casan como quien va al matadero, y luego...!

—Justo... Luego se encuentran con ciertas virtudes que suplen la belleza, y con un orden económico que al fin y al cabo hace la vida metódica, dulce y agradable. En este mundo pícaro no hay que esperar felicidades de relumbrón, que casi siempre son humo; basta adquirir un mediano bienestar. Las necesidades satisfechas: eso es lo principal... ¡Vivir, y con esto se dice todo!

—¡Vivir!..., eso es... Pues bien, hermana, si de mí depende, viviremos.

Gozosa de su triunfo se levantó Cruz, y encargando á su hermana que no diese la noticia á Rafael sino después de prepararle gradualmente, se vistió de máscara para ir á la compra, la obligación que más la molestara y que más penosa se le hacía entre todas las cargas de aquella abrumadora existencia.

Rafael llamaba. Acudió Fidela, y dándole la ropa le incitó á levantarse. Aquel día estaba la joven de buenas, y propuso á su hermano llevarle á dar un paseo.

—Noto en el timbre de tu voz una cosa muy extraña—le dijo el ciego, levantado ya, y cuando la hermana le ponía delante la jofaina para que se lavase la cara.—No me niegues que te pasa algo. Tú estás más alegre que otros días...; alegre, sí, y conmovida... Tú has llorado, Fidela, no me lo niegues; hay en tu voz la humedad de lágrimas que se han secado hace un ratito. Tú has reído después ó antes de llorar. Todavía te queda en la voz la vibración de la risa.