—¿Qué te pasa, hijo mío?—le dijo besándole en el pelo y dando á su voz toda la ternura posible.—Voy á peinarte. Á ver..., no hagas mañas. ¿Te duele algo, tienes algún pesar? Pues cuéntamelo prontito, que ya sabes que estoy aquí para procurarte todo el bien posible... Vamos, Rafael, pareces un chiquillo: mira, hijo, que son las tantas; no te has peinado, y tenemos mucho que hacer.

Con una de cal y otra de arena, con palabras dulcísimas, entreveradas de otras autoritarias, le dominaba siempre. El respeto á la hermana mayor, en quien había visto, desde que empezaron los tiempos de desgracia, un ser dotado de sobrenatural energía y capacidad para el gobierno, puso en el alma de Rafael, y sobre aquellos ímpetus de rebeldía mostrados poco antes, pesadísima losa. Dejóse peinar. La primogénita del Águila, que siempre se crecía ante las dificultades, en vez de rehuir la cuestión, la embistió de frente.

—¡Bah!..., todo eso... por lo que te ha dicho Fidela del pobre D. Francisco y de sus pretensiones. ¡El pobre señor es tan bueno, nos ha tomado un cariño tal...! Y ahora sale con la tecla de querer aplicar un remedio definitivo á nuestra horrible situación, á esta agonía en que vivimos, abandonados de todo el mundo. Y no hay que acordarse ya del pleito, que es cosa perdida, por falta de recursos. Se ganaría si pudiéramos hacer frente á los gastos de curia... ¿Pero quién piensa en eso?... Pues como te decía, el buenazo de D. Francisco quiere traer un cambio radical á nuestra existencia; quiere... que vivamos.

Sintió la peinadora que bajo sus dedos se estremecía la cabeza y la persona toda del pobre ciego. Pero éste no dijo nada; y después de sacar cuidadosamente la raya, siguió impávida presentando con lenta ductilidad y cautela la temida cuestión.

—¡Pobre señor! Por los de Canseco he sabido ayer que todo eso que se cuenta de su avaricia es una falsa opinión propalada por sus enemigos. ¡Oh!, el que hace bien los tiene, los cría al calorcillo de su propia generosidad. Me consta que á la chita callando, y aun dejándose desollar vivo por los calumniadores, D. Francisco ha remediado muchas desdichas, ha enjugado muchas lágrimas. Sólo que no es de los que cacarean sus obras de caridad, y prefiere pasar por codicioso... Es más, le gusta verse menospreciado por la voz pública. Yo digo que así es más meritorio el buen hombre, y más cristiano... ¡Ah!, con nosotras se ha portado siempre como un cumplido caballero. Y lo es, lo es, á pesar de su bárbara corteza...

Nada. Rafael no decía una palabra, y esto desconcertaba á la hermana mayor que le requería para que hablase, pues en la discusión tenía la seguridad de vencerle, disparándole las andanadas de su decir persuasivo. Pero el ciego, conociendo sin duda que en la controversia saldría derrotado, se amparaba en la inercia, en el mutismo, como en un reducto inexpugnable.

VI

Le citaba (digámoslo en estilo tauromáquico); pero él no quería salir de su posición defensiva. Por fin, concluyendo de peinarle, y al dar la última mano á los finos cabellos ondeados sobre la frente, le dijo con un poquito de severidad.

—Rafael, me vas á hacer un favor, y no es súplica, es más bien mandato. No des ocasión á que me enfade de veras contigo. Si esta noche viene D. Francisco, espero que le tratarás con la urbanidad de siempre, y que no saldrás con alguna pitada... Porque si el buen señor tiene ciertas pretensiones, que ahora no califico, á nosotros nos corresponde agradecerlas, en ningún caso vituperarlas, cualquiera que sea la respuesta que demos á esas pretensiones... ¿Me entiendes?

—Sí—dijo Rafael inmóvil.