—Confío en que no nos pondrás en ridículo tratando mal en nuestra propia casa á quien desea favorecernos, en una forma que ahora no discuto..., no se trata de eso. ¿Puedo estar tranquila?

—Una cosa es la buena crianza, á la cual no faltaré nunca, y otra la dignidad, á la que tampoco puedo faltar.

—Bien.

—Así como te digo que nunca desmentiré mi buena educación ante personas extrañas, sean quienes fueren, también te digo que jamás, jamás transigiré con ese hombre, ni consentiré que entre en nuestra familia... No tengo más que decir.

Cruz desfalleció, reconociendo en las categóricas palabras de su hermano la veta dura de la raza del Águila, unida al irreductible orgullo de los Torre-Auñón. Aquel criterio dogmático sobre la dignidad de la familia, ella se lo había enseñado á Rafael cuando era niño, cuando ella, señorita de casa noble, opulenta, vivía rodeada de adoradores, sin que sus padres encontraran hombre alguno merecedor de su preciosa mano.

—¡Ah, hijo mío!—exclamó la dama sin disimular su pena.—Diferencias grandes hay entre tiempos y tiempos. ¿Crees que estamos en aquellos días de prosperidad..., ya no te acuerdas..., cuando por apartarte de relaciones que no eran muy gratas á la familia te mandamos de agregado á la legación de Alemania? ¡Pobrecito mío! Después vino la desgracia sobre nuestras pobres cabezas, como una lluvia torrencial que todo lo arrasa... Perdimos cuanto teníamos, el orgullo inclusive. Quedaste ciego; no has visto la transformación del mundo y de los tiempos. De nuestra miseria actual y de la humillación en que vivimos no ves la parte dolorosa. Lo más negro, lo que más llega al alma y la destroza más, no lo conoces, no puedes conocerlo. Estás todavía, por el poder de la imaginación, en aquel mundo brillante y lleno de ficciones. Y no puedo consolarme ahora de haber sido tu maestra en esas intransigencias de una dignidad tan falsa como todos los oropeles que nos rodeaban. Sí, ese viento, yo, yo misma te lo metí en la cabeza cuando te enamoraste de la chica de Albert, hija de honrados banqueros, monísima, muy bien educada; pero que nosotros creíamos que nos traía la deshonra, porque no era noble..., porque su abuelo había tenido tienda de gorras en la Plaza Mayor. Y yo fuí quien te quitó de la cabeza lo que llamábamos tu tontería; y en el hueco que dejaba metí mucha estopa, mucha estopa. Todavía la tienes dentro. ¡Y cuánto me pesa, cuánto, haber sido yo quien te la puso!

—Es muy distinto este caso de aquél—dijo el ciego.—Reconozco que hay tiempos de tiempos. Hoy yo transigiría, pero dentro de ciertos límites. Humillarse un poco, pase... ¡Pero humillarse hasta la degradación vergonzosa, transigir con la villanía grosera, y todo ¿por qué?, por lo material, por el vil interés!... ¡Oh, hermana querida!, eso es venderse, y yo no me vendo. ¿De qué se trata? ¿De comer un poco mejor?

—¡De vivir—dijo briosamente, echando lumbre por los ojos la noble dama,—de vivir! ¿Sabes tú lo que es vivir? ¿Sabes lo que es el temor de morirnos los tres mañana, de aquella muerte que ya no se estila... porque está lleno el mundo de establecimientos benéficos..., de la muerte más horrible y más inverosímil, de hambre? ¿Qué, te ríes? Somos muy dignos, Rafael, y con tanta dignidad, no creo que debemos llamar á la puerta del Hospicio y pedir por amor de Dios un plato de judías. Esa misma dignidad nos veda acercarnos á las puertas de los cuarteles donde reparten la bazofia sobrante del rancho de los soldados, y comer de ella para tirar un día más. Tampoco nos permite nuestro dignísimo carácter salir á la calle los tres, de noche, y alargar la mano esperando una limosna, ya que nos sea imposible pedirla con palabras... Pues bien, hijo mío, hermano mío, como no podemos hacer eso, ni tampoco aceptar otras soluciones que tú tienes por deshonrosas, ya no nos queda más que una, la de reunirnos los tres, y bien abrazaditos, pidiendo á Dios que nos perdone, arrojarnos por la ventana y estrellarnos contra el suelo..., ó buscar otro género de muerte, si ésta no te parece en todo conforme con la dignidad.

Rafael, anonadado, oyó esta fraterna sin chistar, apoyados los codos en las rodillas y la cabeza en las palmas de las manos. Atraída por la entonada voz de Cruz, Fidela curioseaba desde la puerta, pelando una patata.

Pasado un ratito, y cuando la primogénita, recogiendo los objetos de tocador, se congratulaba mentalmente del efecto causado por sus palabras, el ciego irguió la cabeza con arrogancia, y se expresó así: