—Pues si nuestra miseria es tan desesperada como dices, si ya no nos queda más solución que la muerte, por mí... sea. Ahora mismo. Estoy pronto..., vamos.

Se levantó, buscando con las manos á su hermana, que no se dejó coger, y desde el otro extremo de la habitación le dijo:

—Pues por mí tampoco quedará. La muerte es para mí un descanso, un alivio, un bien inmenso. Por ti no he dejado ya de vivir. Siempre creí que mi deber era sacrificarme y luchar...; pero ya no más, ya no más. ¡Bendita sea la muerte, que me lleva al descanso y á la paz de mis pobres huesos!

—¡Bendita sea, sí!—exclamó Rafael, acometido de un vértigo insano, entusiasmo suicida que no se manifestaba entonces en él por vez primera...—Fidela, ven... ¿Dónde estás?

—Aquí—dijo Cruz.—Ven, Fidela. ¿Verdad que no nos queda ya más recurso que la muerte?

La hermana menor no decía nada.

—Fidela, ven acá... Abrázame... Y tú, Cruz, abrázame también... Llevadme; vamos, los tres juntitos, abrazaditos. ¿Verdad que no tenéis miedo? ¿Verdad que no nos volveremos atrás, y que... resueltamente, como corresponde á quien pone la dignidad por encima de todo, nos quitaremos la vida?

—Yo no tiemblo...—afirmó Cruz, abrazándole.

—¡Ay, yo sí!—murmuró Fidela desvaneciéndose. Y al tocar con los brazos á su hermano, cayó en el sillón próximo y se llevó la mano á los ojos.

—Fidela, ¿temes?