—Alegre de cascos tal vez...
—¡No está mala alegría! Cuando fué abandonada por su tercer cortejo, cargó con ella el Sr. D. Jerónimo.
—Basta de difamación—ordenó Montoria,—y aunque se trata de la peor gente del mundo, dejémosles con su conciencia.
—Yo no daría un maravedí por el alma de todos los Candiolas reunidos,—repuso el fraile.
—Por allí aparece D. Jerónimo, si no me engaño. Nos ha visto y viene hacia acá.
En efecto: el tío Candiola, avanzando despaciosamente por el Coso, llegó á la puerta del Convento.
—Buenas tardes tenga el Sr. D. Jerónimo—le dijo Montoria.—Quedamos en que se acabaron los rencorcillos...
—Hace un momento ha estado aquí preguntando por usted su inocente hija,—le indicó Luengo con malicia.
—¿Dónde está?