—Ha ido á San Diego—indicó un soldado.—Puede que se la roben los franceses que andan por allí cerca.

—Quizá la respeten al saber que es hija del Sr. D. Jerónimo—dijo Luengo.—¿Es cierto, amigo Candiola, lo que se cuenta por ahí?

—¿Qué?

—Que usted ha pasado estos días la línea francesa para conferenciar con la canalla.

—¡Yo! ¡Qué vil calumnia!—exclamó el tacaño.—Eso lo dirán mis enemigos para perderme. ¿Es usted, Sr. de Montoria, quien ha hecho correr esas voces?

—Ni por pienso, respondió el patriota.—Pero es cierto que lo oí decir. Recuerdo que le defendí á usted, asegurando que el Sr. Candiola es incapaz de venderse á los franceses.

—¡Mis enemigos, mis enemigos quieren perderme! ¡Qué infamias inventan contra mí! También quieren que pierda la honra, después de haber perdido la hacienda. Señores, en mi casa de la calle de la Sombra se ha hundido parte del tejado. ¿Hay desolación semejante? La que tengo aquí detrás de San Francisco y pegada á la huerta de San Diego, se conserva bien; pero está ocupada por la tropa, y me la destrozan que es un primor.

—El edificio vale bien poco, Sr. D. Jerónimo—dijo el fraile,—y si mal no recuerdo, hay diez años que nadie quiere habitarla.

—Como dió la gente en la manía de decir si había duendes ó no... Pero dejemos eso. ¿Han visto por aquí á mi hija?

—Esa virginal azucena ha ido hacia San Diego en busca de su simpático papá.